Jerónimo Calero
De pronto el cauce seco, “el aprendiz de río”, el humilde afluente perdido en lodazales, olvidado en su casi secreto itinerario, bramó como en los tiempos que ya nadie recuerda. Los viejos con su sola memoria irrepetible, dan fe de otra espantada: la del cuarenta y seis, año de la riada -que así reviven ellos los años por sus hechos-; el año del hambre, cuando la guerra trajo luto y miseria a manta; el año grande, que cuajara los campos con mieses imponentes; el de la “quinta del saco”, cuando los veteranos de la guerra tuvieron que volver a renovar sus votos por la patria junto a los naturales soldados de reemplazo.