28 may. 2013

Espejismo


Jerónimo Calero

De pronto el cauce seco, “el aprendiz de río”, el humilde afluente perdido en lodazales, olvidado en su casi secreto itinerario, bramó como en los tiempos que ya nadie recuerda. Los viejos con su sola memoria irrepetible, dan fe de otra espantada: la del cuarenta y seis, año de la riada -que así reviven ellos los años por sus hechos-; el  año del hambre, cuando la guerra trajo luto y miseria a manta; el  año grande, que cuajara los campos con mieses imponentes; el de la “quinta del saco”, cuando los veteranos de la guerra tuvieron que volver a renovar sus votos por la patria junto a los naturales soldados de reemplazo.

Años para recordar que ya sólo recuerdan los que intentan reconstruir la historia, los pacientes buscadores de datos, los que amasan memoria  y circunstancias. Los cronistas de todo cuanto pudo ser cauce de vivencias.

Los poetas no ahondan. Se limitan a dar su pincelada de belleza, a evocar sensaciones que poblaron  infancias.

Como aquellas del río murmurante con su pequeño salto que, en poquedad de miras, pudiera parecernos sorprendente. O el caz –para nosotros río- que conducía el agua a los molinos y dio nombre al paseo, con sus bien arbolados aledaños que  en tantas ocasiones fueron inspiración de nuestro Iniesta, el insigne pintor, y de tantos, que se consideraron sus discípulos.

O el croar de las ranas junto a los Cinco Puentes, privilegio de quienes, atrevidos, llegaban cada tarde al filo de las sombras a decirse su amor entre susurros (aquellos viejos bancos del paseo de los pinos que fueron la antesala del seiscientos…)

Así durante siempre, nos dejó el Azuer su nota plácida, su gregoriano canto, su inmaculado espejo donde a veces la luna bordó un festón de  plata. Aquel tercer recodo, cerca ya de ese Puente de los Carros frontera natural entre dos pueblos rivales por entonces.

Y pasaron los años. Y el pantano de Vallehermoso  como tantos pantanos a lo ancho y largo de la extensa geografía  española, hecho para  salvaguardar a las poblaciones en  tiempos de sequía, se adueñó, cerca de su nacimiento,  de las aguas de nuestro humilde río  al que ya nunca más vimos fluir asiduamente. Sólo en ocasiones de exceso,  cuando el peligro de contención es inminente, se abren las compuertas del embalse y, durante unos días, vuelve a cristalizarse el viejo cauce, a brillar con su reflejo de peces mientras cruza  secanos pajonales, desérticas riberas, lugares en que otrora, se daban, por generación espontánea, la anea o el carrizo, tan de lugar común en esas casas en que antaño habitamos.

Tan larga fue la espera que se perdieron miedos. Y en un desarrollo poblacional sin precedentes, brotaron en la vega mansiones opulentas; viviendas adosadas con parcela propia para jardín, privadas residencias que hicieron las delicias de propios y de extraños. Y así, la parte baja, propiedad de unas aguas que nunca la reclaman se convirtió en lugar de privilegio.

Nadie dijo: ¡Cuidado!; es probable que un día el río nos exija su tributo. Nadie pensó que un día, las aguas volverían por derecho a campar a sus anchas. Nadie pensó en lo bravo que puede resultar un viejo río.

El dos mil trece, si sigue la memoria su curso fidedigno, será rememorada como el año del río, no ya de la riada: del río propiamente. De cuando el río puso los puntos en las íes y amojonó sus lindes.

Después de todo, quien avisa no es traidor. Queda en el avisado tomar las oportunas precauciones. Mañana, ese mañana efímero en boca  Machado, es probable que cierren las compuertas del colosal pantano y volvamos a ver las cuarteadas entrañas de este cauce que, por unas semanas, jugó a ser un coloso, un tajo en desbandada. Mañana, es muy probable que creamos que este rumor de agua, tan sólo fue espejismo.

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